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YA VIENEN LLEGANDO

  • Foto del escritor: Felipe Herrera Millan
    Felipe Herrera Millan
  • 17 ago 2025
  • 2 min de lectura

Habían transcurrido otra semana- tanto soldados y las abuelas peligrosas se han puesto de acuerdo para invadir con un gran despliegue de militares rápidamente para atravesar por primera vez la entrada de la bahía de La Habana, sobre sus muros, se dieron cuenta de que nadie les fue a recibir y era una invasión muy diferente a las anteriores. Las calles y avenidas estaban vacías completamente. Estaban escuchando atentamente a las órdenes del capitán y del mismo general de desembarcar a tierra. Las abuelas se pusieron de acuerdo doblemente apenadas, no sólo por prestarse a invadir una isla de habitantes indefensos, hambrientos, sino porque desde el primer momento no lo habían tenido en cuenta. Les parecía que ya no tenían nada que hacer allí, y ahora mismo ya era demasiado tarde. Cuando llegó el general, Noelia y Clara estaban llorando, cosa que no esperaban, pero se sorprendieron al escuchar al general dar la orden de volver a bordo al saber la razón de aquella soledad, las abuelas se sentaron un poco apartadas de los demás, con la inquietud de volver a la fragata, durante la subida del ancla en silencio. Luego una de las abuelas preguntó a los soldados si alguien sabía si de los allí presentes tenían algunos familiares en la isla de Cuba vivos? Uno de los soldados dijo; una vez, hace ya mucho, y dijo que no los había visto nunca ni conocidos y que les oyó hablar a sus familias. Todos a la vez se mantenían muy atentos, preocupados e intrigados hicieron un silencio a la espera de que el capitán con el general les dijera el siguiente rumbo. Mientras navegaban estaban aliviadas de no ver la sangre correr y si está es la manera de invadir y aunque últimamente no podría pensar en otra cosa. Era el momento de plantar la cimiente. Por un momento se quedaron inmóviles. Luego subieron a bordo a babor gritando de alegría y se abrazaron y los soldados entre ellos igualmente, que a la vez simularon ofenderse por tal impertinencia. A unos días de travesía al llegar a puerto las abuelas se pusieron a pensar en sus casas y todos pensaban en lo mismo; lo que dejaban atrás y lo que tenían por delante. Esta vez no necesitaron de ese aparato del sextante para encontrar el camino y miraron al cielo guiados por las estrellas. Ya vienen llegando.


Ahí lo dejo.

 
 
 

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